Lunes, 5 de mayo del 2008
El Principio
Está nerviosa. Juguetea con mi bolígrafo desmontándolo y volviéndolo a montar. Saca el muelle y lo vuelve a poner en su sitio. Finalmente me mira, por primera vez, a los ojos.
-¿El principio?
-Sí, todo, desde el principio. Tenemos que volver al orígen para entender qué pasó, para que lo superes y vuelvas a ser libre.
-El principio... - vuelve a alejar su mirada de mí, sus ojos se desenfocan y agarra el bolígrafo con fuerza - Al principio, no había nada.
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Sábado, 5 de abril del 2008
Uno, dos...
Uno, dos... golpe seco. Uno, dos... golpe seco.
Sabe que tarde o temprano le llegará su turno. Lo ha visto venir, lo sabe, pero no puede evitar tener una leve esperanza de que se olviden de él. No ha intentado escapar, porque sabe que sería mucho peor. Los que intentan escapar pasan antes.
Esto es solo un pequeño respiro. Casi que preferiría que todo terminara ya, porque... no. Prefiere que no termine. No es miedo, es instinto de supervivencia.
Dicen que no duele, pero es dificil saberlo, porque los que realmente lo saben ya no pueden contarlo. Lo que es seguro es que es rápido. Si te relajas, es mucho más suave. O eso dicen. A pesar de que pronto terminará todo, ya no le tiemblan las piernas. El estómago dejó de dolerle hace un rato, y las frías cadenas ya no le parecen tan frías. Hasta agradece esa sensación.
La guillotina sube, chirriando dos veces. Y luego cae con un golpe seco. A cada golpe que escucha, está más cerca de que le llegue su turno. No sabe cuantos tiene por delante suya, pero sabe que el verdugo vendrá a por él, tarde o temprano.
Uno, dos... golpe seco. Uno, dos... golpe seco. Ya vienen.
Viernes, 22 de febrero del 2008
Alguien
Se sienta en un sillón, enciende un cigarro y espera. La respiración suena pausada, sin ronquidos. Sus ojos están cerrados sin apretar, dejando simplemente que los párpados rodeen los ojos. No parece tener preocupaciones. Ni tampoco un despertador. Si al menos se acordase de su nombre, le despertaría. Pero viéndolo tan tranquilo en su cama le da hasta vergüenza pedirle que le acerque a casa.
No es la primera vez que despierta en casa de un desconocido, claro está. Pero si es la primera vez que se levanta y no sabe volver a casa. Tampoco es que sea exactamente un desconocido, es amigo de aquel rubio que compra en su misma panadería. Pero para el caso es lo mismo, necesita que la acerque a algún sitio desde el que pueda volver a casa. Pediría un taxi, pero los seis euros y cincuenta y cinco céntimos que le quedan en la cartera no la llevarían muy lejos y no tiene ni idea de dónde puede haber un autobus. Ya despertará. Prefiere el corte de tener que esperarle y pedirle que la lleve.
El cigarro se acaba y él no parece despertar. Quizás si preparase un café, el olor le haría reaccionar. Mientras busca la cocina, se para delante de una estantería. Parece alguien interesante, tiene la colección entera de Asimov y algún que otro libro de Wyndham. Anoche ni siquiera se planteó que fuese más interesante que para una noche de compañía, quizás debería haber hablado con él un poco más. Pero no, como él, podría encontrar cosas en común con prácticamente la mitad de los que estaban allí aquella noche. Esto no significa nada, sacude la cabeza y entra en la cocina.
Mientras abre y cierra puertas buscando una cafetera y un cartón de leche, se replantea si de verdad mereció la pena. Indudablemente se lo pasó bien, eso no es discutible. Algunas amigas suyas opinan que debería sentar la cabeza. En vez de tener de vez en cuando una noche con alguien, podría tener algún amante, incluso algún novio, que le daría lo mismo, además de poder llevarle a fiestas y poder aparentar que ha sentado la cabeza. Pero ella no quiere eso. ¿De qué le serviría? Sería como un parche, una máscara que lo único que haría sería espantar a alguien que fuese realmente interesante.
Se levanta de golpe y le mira. Está ahi, en la puerta, con el pelo enmarañado y los ojos aún legañosos. Se rasca una oreja y la llama otra vez por su nombre. Le mira otra vez, ¿cómo puede acordarse de cómo se llama? Mientras él le quita de las manos la cafetera y prepara el café, ella le mira atentamente, intentando adivinar de qué le suena tanto su cara. Esos ojos le están diciendo algo. No es que se acuerde de anoche, es algo más profundo, le conoce de antes, se han visto antes. No, no sólo se han visto, se conocían, eran amigos, eran... ¿amantes? Sonriente, le ofrece una taza de café y entonces lo comprende.
La luz entra por la ventana y la deslumbra. Acaba de soñar algo importante, pero no puede recordar el qué, aunque siente que es algo que debe solucionar antes de marcharse. Aparta el brazo que la rodea y se levanta de la cama, bostezando. Se asoma a la ventana pero no reconoce el barrio, probablemente sea de las afueras. Se viste, recogiendo sus pertenencias desperdigadas por toda la habitación. Se sienta en un sillón, enciende un cigarro y espera. La respiración suena pausada, sin ronquidos. Sus ojos están cerrados sin apretar, dejando simplemente que los párpados rodeen los ojos. No parece tener preocupaciones. Ni tampoco un despertador. Si al menos se acordase de su nombre...
Lunes, 14 de enero del 2008
Ratas
Las paredes son oscuras, húmedas, completamente lisas. Ha intentado escalarlas alguna vez, pero hace tiempo que desistió porque sabe que es inútil.
Sabe que está allí porque hizo algo malo, pero es complicado recordar el qué, porque hace mucho que lo olvidó. Y ese, en parte, es el problema. Porque tiene la remota idea de que si pide perdón, si se arrepiente, entonces podrá salir libre. Pero lleva tanto tiempo ahi dentro que es imposible que pueda acordarse. Ni siquiera recuerda si era ciego o si es que está en una cárcel sin luz. Tampoco sabe si los parásitos estuvieron siempre picándole entre sus ropas. A veces le viene la extraña idea de que las personas mueren al cabo de varios años. Pero está seguro de que él lleva ahi ya varias eternidades sin poder morir. A lo mejor es que ya está muerto, pero no se acuerda.
Su única compañía son las ratas. Corretean, juguetean con él. Seguramente también saben que tarde o temprano a él le entrará hambre y se las comerá, como hace siempre. Pero a pesar de ello siempre vuelven. Parecen divertirse mientras juguetean entre los dedos de sus pies, mientras se deslizan por su cabeza para caer en su regazo. Recuerda que al principio le daban mucho asco. Y cada vez que lo recuerda sonríe y las acaricia más. ¿Cómo podrían haberle dado asco estas criaturas tan deliciosas?
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