Es curioso cómo ignoramos a los críos. Recuerdo que durante toda mi infancia fuí elaborando mentalmente una mini guía sobre cómo educar a los hijos basándome en errores que cometieron mis padres y subsanándolos con cómo me hubiera criado a mi misma. No es que mis padres fueran especialmente ineptos, nada de eso, son fallos que cometen practicamente todos los padres con sus hijos, no hay más que mirar alrededor.
Sinceramente, no se si es que yo era especialmente adulta desde siempre o si todos los niños en algún momento pasan por lo mismo que yo pasé. Pero tenía razón aquella mujer (que ahora no soy capaz de ponerle el nombre) que decía que todo aquel que dice que la infancia es el mejor momento es porque ya no se acuerda de lo que era ser niño. ¿Nunca os ha pasado de estar jugando en una habitación y encontrar a los adultos cotorreando sobre ti? Como si no existieras, como si no tuvieras orejas. Porque claro, no les llegas a la cintura, pero en esos momentos dan ganas de levantarte y gritarles que se callen, que ya les vale de criticar, que si no les gusta lo que hago, que no miren, pero que me dejen vivir en paz. Pero una no es lo suficientemente adulta para atreverse a hace eso... en ese momento.
Y es que no cuentan contigo para nada. Recuerdo que cada vez que íbamos
de paseo yo pocas veces sabía el destino. Según el camino que
cogiéramos era capaz de intuirlo, pero no mucho más. Nunca te preguntan
tu opinión para las cosas realmente importantes, nadie te pregunta si
te apetece dar una vuelta al parque o si prefieres quedarte jugando en
casa. No te escuchan.
Hay una historia que me ocurrió que hoy en día, cuando la recuerdo, se
me encoge el estómago de la furia. Y cuando paso por delante de la
puerta de la guardería... Bueno, esta historia la rememoré hace ya unos
pocos de años con mi familia y nadie más la recuerda. Pero yo pongo la
mano en el fuego que fue así y así ocurrió. Porque fue un momento
especial en mi vida, un punto y aparte. Fue el momento en el que tomé
verdadera conciencia de que los adultos jamás contarían con los niños. Y fue cuando decidí rebelarme.