Viernes, 26 de marzo del 2004
Los planetas se alinean...
Algún día los habitantes de la tierra se extrañarán de que alguna vez alguien tuviera que pagar por conseguir subsistir. Se preguntarán por qué nos empeñábamos en maltratarnos unos a otros sin motivo alguno y por qué mientras algunos nadaban en la abundancia, otros morían de hambre. No lograrán entender cómo alguien podía hipotecar su felicidad por obtener un puesto más importante en una empresa, ni cómo se puede dejar de lado a las personas que quieres por pasar más horas en el trabajo. Con mucho esfuerzo intentarán comprender las enormes desigualdades entre unos y otros. Se reiran cuando se enteren de los tabues que oprimen nuestra sociedad y se entristecerán al saber que por culpa de ellos, mucha gente fue infeliz.
Espero que algún día ocurra.
[El título del post viene por otra razón... que quizás algún día destripe]
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Jueves, 18 de marzo del 2004
Una vez más...
Cierra la puerta y se apoya en ella, cansada, agotada. No tiene fuerzas. Ni siquiera enciende la luz, deja que la oscuridad crezca a su alrededor. Pero no es una oscuridad fría y tenebrosa, se siente protegida.
Por un instante el desaliento la invade. Cerrar un capítulo más en su vida sin saber si otro se abrirá no es fácil. Su cara no muestra la sonrisa que siempre la acompaña. Al contrario, en su rostro puede leerse la desesperanza. No es que esta vez esperase que fuera a salir bien. Nunca lo había esperado, realmente. Desde aquel primer intento tan desastroso había terminado por admitir que quizás esto no fuera para ella. Pero misteriosamente siempre terminaba por convencerse de que un último intento era necesario. Y hacía tiempo que había perdido la cuenta de cuántos últimos intentos había llevado a cabo.
El bolso ha caido de su mano pero ni siquiera lo ha notado. Como tampoco ha notado que dentro vibra un móvil, insistente. Poco a poco va resbalando hasta quedar sentada en el suelo. Oculta su cara tras las manos, pero no está llorando. Ni siquiera tiene ya fuerzas para llorar. Queda quieta, agazapada, apoyada contra la puerta. ¿Cuánto esfuerzo ha gastado inútilmente? Sí, es cierto, no puede negarlo: se ha divertido. Pero hubiera preferido conseguir algo más que las otras veces. Hubiera preferido que fuera distinto.
Quizás es que cometa algún error. Siempre fracasa al llegar al mismo punto. Pero ¿dónde está el error? Ha ido variando el método, la selección. Ha ido aprendiendo. ¿Por qué siempre tiene que chocar en el mismo punto? Haga lo que haga siempre fracasa igual. Quizás el fallo esté en ella misma, piensa. Quizás el fallo sea ajeno a mí. Quizás no haya fallo, sino que lo que considera triunfo es el fallo. Entonces... le gustaría fallar.
Sólo por una vez. Triunfar sólo por una vez. Conseguirlo. Saber lo que se siente. Sentir lo que es ser vencedora. Ya sabe lo que es perder. Ahora quiere saber lo que es ganar. Saborear las mieles del éxito. Intenta imaginar cómo sería. Pero no puede, nunca ha tenido nada cercano. Siempre se ha movido igual.
No, mentira. Una vez estuvo cerca. Sí, en el fondo siempre está rodeando el éxito sin tocarlo. Pero una vez estuvo a sus puertas. Y se asomó. Y aquello era maravilloso. No pudo entrar, le cerraron la puerta. Pero es ése recuerdo el que la hace seguir luchando. Sabe que existe. Lo que no sabe es dónde.
Finalmente parece notar que su bolso se mueve. Lentamente lo abre y saca el móvil. Queda un rato mirando la pantalla, como sopesando si contestar o no. Aprieta un botón y lo acerca a la oreja.
"Un fracaso, ¿verdad?"
"No importa..."
No, no es que no importe. Es sólo una vuelta más de esta rueda sin fin. Pero eso... ya se sabía.
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Ojos azules
Su mente se nubló: ahora sólo era capaz de ver aquellos ojos azules. Esos ojos azules que tan fríamente le habían mirado. No pensaba en las delicadas cejas que los bordeaban o en los carnosos labios rosas que dejaban escapar esa dulce voz que siempre los acompañaban. Lo único que veía eran esos ojos azules brillando en la oscuridad. Era lo único que importaba: el azul de esos ojos. Los ojos que recorrían incansables el mundo. Esos inquietos ojos cuya mirada le hacia temblar. Ese azul que todo lo llenaba.
Ni el cielo ni el mar podrían jamás competir con ese azul inmenso que no podía quitarse de la cabeza. Esos ojos azules eran todo cuanto deseaba, todo cuanto soñaba, todo cuanto amaba. A quién pudiera importarle que el arcoiris nunca volviera a brillar o que el sol se apagase lentamente mientras existieran esos ojos azules. Ojos que pocas veces reposaban, que siempre inquirían, que tanto buscaban, incansables. Ojos de ensueño, imposibles de comparar, de igualar, de imaginar. Hermosos ojos azules.
Si soñaba despierto era con el azul de esos ojos. Si soñaba dormido era con esos ojos azules. Y cuando la vigilia lo despertaba de su sueño azul, también pensaba en los ojos más hermosos que hubo y habrá jamás sobre la faz de la Tierra. Porque unos ojos como esos provocan suspiros a su paso, envenenan el alma. Ciegan. Unos ojos así encadenan de por vida. Todo a su alrededor se vuelve basto, triste, apagado. Unos ojos imposibles. Unos ojos que no dejan mirar a otro lugar. Unos ojos que apagan las luces a su alrededor. Unos ojos azules.
Transcurrieron pocos segundos, el tiempo que tarda un cuerpo en caer, pero para él pasaron años, siempre pensando en esos ojos azules. Los ojos que le atormentaban sus noches de vigilia. Los ojos que no le dejaban dormir en paz. Los ojos que esperaba tener siempre a su lado. Nada le importaban las blancas manos donde solía dejar reposar la cara o la silueta que a veces se dejaba entrever en sus ropas. Sólo pensaba en los ojos azules. A veces tristes, a veces alegres, a veces pensativos, a veces soñadores,... Pero siempre azules.
La batalla terminaría y la guerra también. Los soldados regresarían a sus casas, pero el joven que anhelaba volver a ver esos ojos azules ya no volvería a levantarse. No podría volver a ver los límpidos ojos azules con los que tantas y tantas noches había soñado. Nunca más pasaría por delante de los ojos azules para que pudieran fijar su mirada en él. Jamás volvería a sentir un escalofrío cuando los viese parpadear. No podría hacer que esos ojos bajasen hasta él y le reconocieran su valor y honor en la guerra. Sus propios ojos miraban ahora al vacio, quietos e inertes. Pero sin duda, si algo hubieran querido contemplar, sería el azul de aquellos ojos.
Esos ojos azules que tan pocas veces le habían mirado, y que nunca le habían visto.
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Lunes, 15 de marzo del 2004
Elecciones...
Recuerdo hace cuatro años. Recuerdo una niña con lágrimas en los ojos delante de la tele que sentía un miedo que le recorría el cuerpo. Un miedo que no estaba segura de lo que era, pero que la hacía temblar. Recuerdo la rabia. La incomprensión por lo que estaba pasando.
Recuerdo a esa misma niña en un rincón del polideportivo mientras a su alrededor los demás niños corrían felices por el patio. Recuerdo otra niña acercándose a ella y preguntándole que qué pasaba. "El PP consiguió la mayoría absoluta." "¿Y vas a amargarte por eso?" Recuerdo a esa niña temblar de miedo, sin saber bien por qué. Recuerdo una mirada de ojos verdes, que siempre la protegían, observándola desde lejos, compartiendo su dolor, pero sin atreverse a decir nada.
Recuerdo un niño sonriente, triunfal, reirse de ella. "¿Sabes qué hice? Descolgué el cuadro de Franco de mi pared y lo senté conmigo al lado del sillón, delante de la tele. Le dije: mi general, hemos vuelto a ganar. Esos rojos de mierda no podían durar mucho. El poder vuelve a quienes lo merecen." Recuerdo temblar, temblar sin remedio, sentir el frío, el miedo. Recuerdo esa misma niña aguantando las lágrimas, aguantando la rabia. Aguantando, porque no podía hacer nada.
Ahora esa niña sigue teniendo miedo. Ha crecido y ha vuelto a llorar delante de la tele. 200 muertos parece que no fueron suficientes.
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