Sábado, 13 de junio del 2009
Tejiendo el destino
Camina por detrás del viejo, por un angosto pasillo lleno de humedades. No sabe bien de dónde viene la luz, pues no hay ventanas ni lámparas. Tras un tiempo indeterminado, el viejo para delante de una puerta de madera, en un sorprendente buen estado. Se gira y la mira, con sus cuencas vacías.
-Es aquí.
La habitación es grande, tan grande no se alcanza a ver el fondo. Un murmullo de miles de tejedoras resuenan por las paredes. Está lleno de mujeres, cada una tejiendo su propia tela. Las hay de todo tipo: jovenes, mayores, altas, pequeñas, delgadas, gruesas,... Todas perfectamente concentradas en su labor.
-¿Qué hacen?
El viejo la mira intensamente y ella se pregunta cómo puede sentir una mirada tan intensa si no tiene globos oculares.
-Tejen el destino.
Vuelven a caminar, ahora entre las afanosas tejedoras, hasta llegar a una silla vacía.
-Este es tu sitio.
Ella mira su nueva tejedora y los ovillos de lana que descansan en la cesta. Se sienta y mira a la mujer que tiene a su lado. La mujer ni se inmuta.
-No te esfuerces, son completamente ciegas.
El viejo se ríe con una sonora carcajada que tampoco parece alterar el ritmo de las mujeres. Le entra un escalofrío. Coge un ovillo y empieza a tejer. El viejo la observa unos minutos y luego se marcha, cerrando tras de sí la puerta. Ella sigue tejiendo, formando figuras entrelazadas que no comprende muy bien lo que significan. Pasado un tiempo, sus ojos van acostumbrandose a la oscuridad.
Jueves, 7 de mayo del 2009
Cuando no queda nada
No sabes cuando ocurrió. Pero un día, te levantaste y no tenías nada dentro. No sentías nada, sólo el frío que salía de tu interior. Quisiste taparlo, pensar que era sólo algo transitorio. Pero cuando pasan los días y sigues sin sentir nada, empiezas a recordar, que esto ha venido poco a poco. Gastaste toda tu energía y tu pasión en los demás y no dejaste nada para tí. Creíste que era infinito, que era algo que no podría acabarse nunca. Pero te equivocaste. Quieres sentir miedo, pero no puedes. Quieres escapar, pero el vacío te persigue. Se agarra con sus zarpas a tus entrañas, marcando su territorio.
Escuchas canciones que antes te emocionaban, y que ahora simplemente resuenan como un eco en tu interior. No sientes nada, no puedes sentirlo. Bueno, casi nada, porque a veces sientes esa pena que te llena por dentro y que te atraviesa la garganta, obligándote a parar. No sientes pena por lo que perdiste, no sientes pena por tí. Sientes pena porque ni siquiera eres capaz de sentir pena.
Dejas que las lágrimas caigan por tus mejillas, porque quieres agarrarte a sentir algo, aunque sea tristeza. Porque sabes que incluso esa tristeza desaparecerá un día, que dejarás de sentirla. Y eso te provoca otra oleada de tristeza. Quieres gritar, golpear, quieres que la furia te destroce para al menos sentir que todavía queda algo de chispa que prenda lo demás. Pero no puedes y la angustia te corroe, te paraliza. Y tú lo prefieres así, quieres hacerte daño porque ese daño al menos te hace sentir vivo. Hasta el día en el que ni siquiera seas capaz de sentirlo.
Te escondes, caminas con una careta, esperando que nadie note tu falta de humanidad. No quieres que nadie sepa el vacío que te llena, porque sabes que no podrán entenderlo. ¿Hasta cuando podrás seguir imitándote? Llegará el día en que incluso tú olvides como eras antes, te olvides de cómo fingir que aún te quedan sentimientos. Llegará el día en el que te conviertas en una parodia de tí mismo, sin medida y sin control. Y quedarás sólo tú. Tú, con el vacío que te come por dentro.
Domingo, 12 de abril del 2009
A veces me canso de ser fuerte
A veces me canso de ser fuerte. De ser a quien todos miran cuando hay un problema. De ser el hombro en el que lloran los demás, el que siempre encuentra la solución al problema. Me canso de tener que soportar todo este peso sobre mis hombros, de no poder descansar, de saber que si yo me derrumbo, todo lo demás acabará por caer.
Sé que yo me lo he buscado, que esta confianza y esta responsabilidad la he ido labrando con mis propias manos, sabiendo a dónde me encaminaba. Lo que nunca pude adivinar en aquel entonces era lo cansado que podría llegar a ser. No puedo dejarlo de un día para otro. No puedo decir basta y soltar el peso que llevo encima. Necesitaría que alguien ocupase mi lugar. Pero, ¿cómo podría encargarle a nadie, sabiendo lo que es y lo que significa, que cargue con toda esta responsabilidad? ¿Cómo podría hacerlo?
En parte por eso es por lo que he acabado aquí. No podría dejar a nadie al cargo, no hubiera sido justo. Aunque, ¿era justo para mí? ¿Acaso era justo que yo tuviera que sacrificarme de esta forma? ¿Por qué nadie viene a ayudarme? ¿Por qué nadie se ofrece a sostener la carga por un tiempo, mientras mis hombros descansan? ¿Por qué nadie entiende que yo también necesito un hombro sobre el que llorar, unos ojos a los que mirar buscando una solución? ¿Por qué todos dan por hecho que soy fuerte, que no necesito a nadie? ¿Por qué nadie viene a protegerme?
Llorar es de nenazas. Sé que si pido ayuda, no lo entenderían. Si yo soy fuerte, no necesito ayuda de nadie. Sería casi insultarme. Pero estoy cansado de ser fuerte. No quiero seguir siendo fuerte. Quiero que me protejan, que me cuiden. Necesito que alguien vele por mi. Quiero sentir unos brazos rodeándome y diciendome que todo estará bien, que no me preocupe. Que alguien se hizo cargo del problema. Que sólo tengo que esperar y todo estará solucionado.
Pero no hay unos brazos esperándome. Sólo me esperan estas miradas interrogantes, esperando que tome una decisión. No quiero ser fuerte, ya no soy fuerte, pero tengo que aparentarlo. Porque ellos no pueden ser fuertes. Me necesitan. Y no puedo abandonarles. No puedo abandonarme. Tengo que seguir siendo fuerte. Aunque ya no lo sea.
Jueves, 19 de marzo del 2009
¿Te reconoces?
Se deja caer en el sofá, cansado tras un largo día de trabajo. No se molesta en poner la televisión, ni tampoco en coger un libro. Hoy no tiene ganas de nada. Pone los pies encima de la mesa y cierra los ojos.
¿Por qué no consigo sentirme a gusto? ¿No lo tengo todo? La vida me ha tratado bien, casi como si realmente hubiera ahi arriba alguien que me cuidase. Un trabajo agradable, un grupo de amigos que me sacan de la rutina, una familia que me quiere,... ¿Qué estoy intentando pedirle a la vida?
No hay peor soledad que la que sufres rodeado de gente. No es que sean malas personas, es que sencillamente no encajas con ellos. A veces, cuando me miro al espejo, siento que la persona que me mira al otro lado es la única que podría comprenderme. Por mucho que compartas con alguien, nunca puedes llegar a conocerle tan bien como te conoces a tí mismo. Nadie podría leerte el pensamiento tan bien.
Continua leyendo "¿Te reconoces?"
Lunes, 2 de febrero del 2009
La felicidad de los elfos
Hay algo que nunca entenderán aquellos que no tienen conciencia de su propia mortalidad y es que nada es para siempre. Una promesa puede mantenerse un día, un mes, un año, quizás incluso una década o un siglo. Pero cuando depende de la voluntad de alguien, esta voluntad puede flaquear. Todo tiende a cero en el infinito. ¿A cuánto tienden los sentimientos?
¿Existe una vida más allá o todo termina cuando nuestro corazón deja de latir? ¿Qué sentido tiene entonces hablar de la eternidad, si no vamos a vivirla? ¿Por qué nos preocupa tanto dejar una huella que a buen seguro acabará borrada o distorsionada? ¿Qué es lo que nos da tanto miedo?
Continua leyendo "La felicidad de los elfos"
Domingo, 18 de enero del 2009
Nunca ocurrió
-¿Qué haces aquí?
Respira con dificultad y tiene la camiseta empapada de sudor, como si acabara de correr.
-¿Qué pasa? ¿No puedo estar aquí? ¿Tú puedes colarte en mis sueños y yo no en los tuyos?
-No lo entiendes. Tú no deberías estar aquí. Esto no ha pasado.
-¿Qué es lo que no ha pasado?
-Tienes que perdonarme, pero las cosas ahora son así. Tú y yo ya tuvimos nuestra oportunidad. Tuvimos nuestra historia y salió mal. Fue muy bonita y me arrepiento de muchas de las cosas que hice. Cometimos errores, los dos. Por eso volví atrás, para intentar arreglarlo, empezar todo otra vez desde el principio y hacerlo bien.
Reviví de nuevo toda mi vida, cuidando cada detalle, mejorando sin llegar a cambiar para no estropear el hilo de la historia y poder encontrarnos allí donde nos conocimos. Me preparé durante años, pensando en todas las cosas que iban a suceder y cómo iba a desenvolverse todo. Iba a ser perfecto.
Pero por el camino me enamoré. Son cosas que pasan, son muchos años esperando y me pilló desprevenido. Me olvidé de nuestro primer encuentro. No acudí a nuestra cita, no te conocí en aquel instante, nuestra historia nunca se llegó a desarrollar. Es mejor así, porque ya estropeamos nuestra oportunidad en aquel otro tiempo y ahora las cosas son mucho mejores. No nos engañemos, si lo hubieramos intentado, hubiera vuelto a salir mal. Tú eres feliz, yo soy feliz. Las cosas están mejor así como están.
Sin embargo, ¿qué hago ahora con todos estos recuerdos que nunca sucedieron? A veces te miro y pienso en lo que nunca llegó a ocurrir, en todo lo que podría pero no llegó a suceder. Que ahora las cosas son así, de esta manera, diferentes. Y tú no deberías estar aquí.
-El efecto mariposa.
-Estamos tomando continuamente decisiones. No importa si son malas o buenas, lo que importa es que son nuestras decisiones. Y si las hemos tomado, es porque así lo hemos querido.
-Entonces, ¿por qué te molesta tanto que esté aquí?
-Porque no te invité.
Se desvanece. ¿O quizás nunca estuvo aquí? El caso es que vuelve a estar solo. Tira del velo y aparece otro sueño.


