2011
12.07

Ecos

A veces tengo contacto con mi yo de otro tiempo. Me invade una sensación ajena a lo que debería estar sintiendo y siento que se abre una conexión entre mi yo presente y mi yo de otro instante. Normalmente la comunicación es solo hacia delante y no puedo advertirme de nada. Otras veces la comunicación es débil y confusa.

Pero los mensajes desde el pasado hacia el futuro, estos siempre llegan bien. Son un constante recuerdo de quien soy, de dónde vengo y por qué tome las decisiones qué tomé.

Me ayudan a no arrepentirme y a entenderme.

Pero, yo del futuro, no entiendo el mensaje que intentas mandarme ahora. Hay interferencias desde el pasado, me llega otro mensaje contradictorio desde atrás y me impide entender lo que estás intentando decirme. ¿Quieres decirme que estaba equivocada o que debo seguir a mi yo del pasado en su decisión?

¿O quizás es que el mensaje no va destinado a mi yo de ahora, que es sólo un error?

2011
09.06

Un día

Sé que llegará un día en que mis ojos se cansen de mirar, me pesen los párpados y me duela la luz. Mis manos se agrietarán, me dolerán los huesos y no alcanzaré a atarme mis propios zapatos. El espejo me devolverá una cara arrugada y marchita, sobre un cuerpo flácido de pechos vacíos.

Sé también que empezaré a olvidar cosas. Primero cosas poco importantes, como apagar la luz al salir del baño o un número de teléfono. Poco a poco iré olvidando más cosas, pero es algo que iré asumiendo, igual que asumiré que mis dedos no me alcancen a rascarme el omóplato o que no pueda correr y saltar tras una cucaracha. Si todo se torna complejo, buscaré ayuda y acabaré siendo dependiente hasta que mis días se apaguen. Es el ciclo de la vida, no podemos vivir eternamente. Sin embargo, no es eso lo que me preocupa.

Lo peor es perder los recuerdos importantes. Porque también empezaré a olvidarte. A ti, a los momentos que hemos pasado juntos. Los recuerdos empezarán a difuminarse y no estaré segura de cual fue nuestro primer beso o dónde solíamos quedar al salir de clase.

Olvidaré tus dedos acariciando mi espalda. El tacto de mis labios sobre tu hombro. Tu voz susurrando en el estruendo del día a día. Olvidaré tu calor en las noches frías. Olvidaré incluso tu olor, tu nariz en mi cuello, el mordisco en tu oreja y los dedos entrelazados.

Y no puedo soportarlo. No puedo soportar olvidarte. Me aferro a tu recuerdo como un náufrago al último trozo de madera quemada, clavándome las astillas de los recuerdos dolorosos para no perderlos ni siquiera a ellos. El mundo se hace pequeño y siento vértigo al pensar que podría llegar el día en que mirase tu foto y ni siquiera recordase tu nombre. Que me diera por pensar quién hubiera tenido la suerte de compartir su vida con ese chico tan guapo de la foto.

O peor aún. Porque podría ser que quien olvidase fueses tú.

Entonces me doy cuenta de un detalle, algo que llevo pensando desde que empecé a escribir este post y que ahora me grita en silencio desde sus letras. Y es que aún queda mucho tiempo hasta que llegue ese momento. Pero quiero aprovecharlo. Quiero estar contigo. Así que cierro y corro a buscarte.

2011
07.28

Otra frontera

Cae la noche y con ella llega el frío. Tú sabías que si queríamos llegar, debíamos acelerar el paso y seguir durante toda la noche. Pero cuando viste al grupo, cansado y sediento, decidiste dar un alto. Con una sola mirada me indicaste que querías hablar conmigo y nos apartamos un poco del resto, que estaba montando el campamento.

“No vamos a llegar.” me dijiste “A este paso es imposible que lo consigamos. No hay más atajos entre las montañas, necesitaremos un milagro para poder llegar.”

“¿Y si vamos a buscar más agua?” dije sin mucha esperanza” Agua y comida, podríamos intentar caminar un par de días más. Aunque vayamos más lentos.”

“No es suficiente, ya lo sabes.” ni siquiera eras capaz de mirarme a la cara “En este maldito desierto no hay nada que podamos hacer.”

Abatido, volviste con el resto del grupo y ayudaste a encender la hoguera. Compartimos los últimos restos de comida y establecimos los turnos de vigilancia. El desaliento se palpaba en el ambiente, no hubo risas ni canciones aquella noche. Nos fuimos a dormir en silencio.

Al alba ya estábamos desmontando el campamento. Había sido una noche dura, donde los estómagos competían con los grillos en un concierto sin fin. No sé de dónde sacaste aquella sonrisa ni aquella sopa aguada con la que rellenamos el vacío que teníamos dentro. El día iba a ser duro.

Pronto tuvimos que empezar a apoyarnos los unos en los otros para poder seguir caminando. Un sol abrasador contrastando con la fría noche anterior que iba calentando poco a poco nuestro cerebro. Aún así, seguimos avanzando, sin descanso. Si queríamos volver a comer debíamos llegar a nuestro destino.

Al mediodía sufrimos el primer desmayo. Era una niña, o al menos con aquella tostada delgadez lo parecía. La cogiste entre tus brazos y nos obligaste a seguir andando. Sólo fue la primera de muchas otras. Con paciencia, fuimos arrastrando a los más débiles a través de la arena, obligándonos una y otra vez a dar el siguiente paso.

Cuando cayó la noche, nos obligamos a seguir andando unas horas más. El frío y la oscuridad parecía que nos había dado nuevas fuerzas. Acabamos durmiendo sin ni siquiera levantar el campamento, cansados y hambrientos.

Nos despertaron unos cuervos que graznaban en lo alto de una duna no muy lejana. Recuerdo tu sorprendente alegría cuando los viste. “Ahora sí podremos llegar” me dijiste. Entonces, lentamente, cogiste el objeto más contundente que tenías a mano y te deslizaste sobre la arena, acercandote a ellos.

La carne de cuervo estaba dura y reseca, pero a esas alturas, cualquier desayuno hubiera sido bien recibido. A duras penas nos tocó un trozo a cada uno y algunos tragos de sangre espesa, pero fue suficiente para darnos las fuerzas necesarias para volver a caminar. Fue como si le hubiéramos ganado una batalla a la muerte. Pero la guerra aún estaba por decidir.

El agua se acabó por la tarde. Paramos y montamos el campamento, para protegernos del calor. Te dirijiste a nosotros y con una voz seca y áspera nos comentaste que estábamos muy cerca. Que sabías que era duro, pero que partiríamos antes del alba, con el frescor, y que antes de que cayera la siguiente noche habríamos llegado a la ciudad. Aunque sedientos, hambrientos y cansados, pudimos dormir tranquilos, sabiendo que la agonía llegaba a su fin.

A lo lejos aparecieron las murallas de la ciudad. Fue como el último empujón que necesitábamos para liberar nuestra energía. Con gritos de alegría y esperanza, aceleramos el paso hacia la ciudad, viendo cómo cada paso nos iba acercando más y más hacia el fin del suplicio. Creo que fue uno de los momentos más felices de nuestra vida. Aunque sólo durara un momento.

Tú no corriste, parecía que sabías lo que iba a pasar. O quizás es que ya no te quedaban fuerzas. En cualquier caso, en cuanto asomaron las primeras cabezas sobre el muro, les hiciste señas con la sábana blanca que habíamos preparado mientras todos corríamos hacia las puertas, esperando que se abrieran.

Los disparos rompieron el silencio.

Miré hacia atrás y te vi sonriendo, aún aguantando la sábana blanca. Manchando la sábana con tu sangre. Al parecer, les habías parecido el más peligroso. O quizás es que la sábana les llamó la atención. Quién sabe, tampoco podré preguntarles.

Uno a uno, fueron abatiéndonos a todos. Los gritos de desesperación por pedir clemencia no fueron escuchados. ¿Quizás no hablaban nuestro idioma? Me agaché a tu lado e intenté que respondieras, pero estabas ya muerto. Te abracé y me quedé esperando el disparo que no tardó en llegar. Cerca del omóplato derecho. No importa. Hemos llegado.

2011
07.16

Erase una vez

Erase una vez un viejo rey, viudo, en un país muy muy lejano. Este rey tenía tres hijos, a cada cual más tonto, mundialmente famosos por su estupidez y torpeza. Preocupado por lo que podría pasar tras su muerte, reunió a sus hijos en la corte y les habló así:

“Hijos mios, ha llegado el momento en el que debo escoger de entre vosotros a mi heredero. Dadas vuestras circunstancias, no confío en que ninguno de vosotros sea capaz de gobernar sabia y justamente. Por tanto, no puedo más que confiar en que sabréis elegir a una reina adecuada para que gobierne en vuestro lugar.

Os daré de plazo dos meses, sesenta días, para que encontréis a vuestra prometida. De entre todos vosotros, el que me convenza de que su prometida será la mejor reina, se convertirá en el heredero de la corona. Recordad que el futuro del país está en vuestras manos.”

Y dicho esto, los tres hijos del rey partieron, cada uno siguiendo su camino, en busca de la esposa perfecta.

Al cabo de los sesenta días, el rey convocó a sus hijos a la corte, para que cada uno le presentara a su prometida y así elegir a la futura reina del país. El primero en hablar fue el hijo mayor, que, acompañado de la mujer más hermosa que ojo alguno había visto jamás, se inclinó ante su padre y le explicó:

“Padre, durante estos sesenta días he mandado a todos mis hombres de confianza a buscar entre las jovenes casaderas a la más hermosa que pudieran encontrar. Aquí te presento a la mujer más hermosa del reino, tan hermosa que todo el pueblo no podrá hacer otra cosa que amarla y respetarla, de forma que harán todo lo posible por mantenerla feliz. De esta forma, el reino será un reino próspero y grande, con la reina más amada que jamás haya existido.”

Ante un gesto del rey, el primero de los hijos se retiró, dando paso al segundo, que venía acompañado de una mujer arrugada y vieja, pero de ojos vivos:

“Padre, dijiste que teníamos que buscar a la mejor reina posible, así que durante estos sesenta días he convocado unas oposiciones a las que se han presentado todas las mujeres casaderas, solteras o viudas, para encontrar a la mujer más sabia, culta y justa de todas ellas. Puede que no sea joven y hermosa como la prometida de mi hermano, pero sin duda será la reina que mejor podrá manejar este país. Estoy convencido de que será vuestra elección.”

Por último, el hijo menor del rey se acercó a éste. No le acompañaba ninguna mujer y estas fueron sus palabras:

“Padre, estuve pensando en lo que dijiste sobre nosotros. No creo que ninguna mujer en sus cabales pueda aceptar de forma libre a casarse conmigo y por tanto no creo que ninguna mujer que pudiera convertirse en mi reina pudiera ser una buena reina para el país. Por tanto, no he escogido a ninguna mujer para que me acompañe puesto que lo que pedíais era imposible.”

El rey, conmovido ante el destello de sabiduría de su hijo menor, se volvió hacia la corte y proclamó la primera república.

2011
06.27

Bajo la lona

Hace más calor dentro de la lona que fuera, pero por lo menos aquí debajo no duele el sol. Mi compañero ronca suavemente en una postura imposible con el cuello hacia atrás. De pronto abre los ojos y me mira el brazo.

-Se te está cayendo el parche.

-Bah, de todas formas nunca conseguí dejar de fumar.

Termino de despegar el parche y lo tiro lejos. Demonios, maldito sudor, se te escurre por todo el cuerpo. Debo tener por lo menos un centímetro de esa masa pegajosa y viscosa. Hemos sudado tanto que ya ni huele mal. El placer de una ducha fría, daría mi brazo derecho por un chorro de agua.

Todavía recuerdo lo que nos reíamos de aquella sesión de preparación antes de subir al avión, donde aquel hombre de acento errático intentaba explicarnos lo que nos esperaba. “No podréis entenderlo” decía el instructor arrastrando las erres “No lo comprenderéis hasta que no estéis allí”. Y nos hablaba de las chilabas, de los turbantes, de lo importante que era no dejar que el calor atravesara la ropa. Tenía razón, era imposible imaginar este infierno.

-¿Qué hora será?

-Pues por como pica el sol, cerca de las doce.

Mi compañero se refresca la pegajosa boca con un trago de la cantimplora y se recuesta otra vez.

-Deberían haber vuelto hace horas para sustituirnos.

-Se habrán perdido, como siempre.

Es normal que tarden. Cuando no se encuentran con un grupo de insurgentes es porque les arrolla una tormenta de arena. Cualquier cosa con tal de estar el menor tiempo posible bajo la lona.

-¿Y si les han atacado y están todos muertos?

-Entonces pronto se acabará la pesadilla.

Río con una risa seca, histérica. Mi compañero se me une sin mucho entusiasmo y me lanza la cantimplora. El agua está casi más caliente que el aire, juraría que hasta noto las burbujas de ebullición mientras atraviesa mi garganta. No refresca, pero la garganta duele algo menos y ya no mastico arena. Remuevo la tierra bajo mis pies buscando algo más fresco y entierro los pies.

Es un puesto de avanzadilla sin radio. Estamos lejos hasta para eso. Al final de todo, al borde del infierno. Maldito infierno. Y lo que nos queda porque esto no ha hecho más que empezar..